"¿Qué has puesto para comer?
- ¡Oh! No te apures... El cocidito de siempre."


Tormento. Benito Pérez Galdós
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domingo, 21 de mayo de 2023

El duodécimo concierto: vientos del norte.



Desde el más recóndito norte, donde la vitalidad de sus bosques y tundras se entrelaza con la fuerza indomable de la tierra. Desde allí, donde la aurora boreal pinta el firmamento en una danza celestial que parece susurrar misteriosos cuentos ancestrales. Desde donde se alterna la serenidad de infinitas extensiones de bosques que presumen en el espejo de mil lagos con la sobrecogedora belleza de fiordos, angostos valles y montañas cincelados por los dioses del Asgard.

Desde Finlandia y Noruega nos llega el programa que la Orquesta de Extremadura ofreció en Badajoz el trece de abril. La Rapsodia noruega nº 3 de Johan Svendsen, el Concierto para trombón de Launy Grøndahl y la Sinfonía nº 2 en re mayor de Jean Sibelius con Toni Lloret, trombón solista, y la dirección de Miguel Romea llenaron el Palacio de Congresos de notas y armonías que se entrelazan con la belleza indomable de la tierra y las antiguas tradiciones del norte. Como un puente sonoro entre el pasado y el presente, la música nos transportó a un reino donde los ritmos ancestrales y los paisajes imponentes convergen en un abrazo eterno.
Invierno en Sognefjord. Johan Christian Dahl

Músicas que bien podrían ser la banda sonora de un paisaje de Eero Jarnelfelt o de Johan Chirsitian Dahl. Pongamos ahora la “banda culinaria”. Al igual que algunos conciertos pasados nos invitaron a viajar a Turquía, Brasil, Italia o Escocia, este concierto nos lleva a curiosear en los fogones de Noruega y Finlandia.
Metsalampi - Eero Jarnelfelt

Tienen merecida fama algunas preparaciones de pescado de la gastronomía noruega, pero hemos viajado al interior y elegido unas Kjøttkaker (albóndigas) porque así nos permitimos un gesto hacia la tierra sustituyendo el reno o la Norsk Rødt Fe (vaca roja) por nuestro retinto. Estas albóndigas son un plato muy popular en Noruega y con algunas variaciones lo encontramos en más países nórdicos, como bien nos han hecho saber en el paraiso de los muebles deconstruidos.

Kjøttkaker

Para las albóndigas:

500 gramos de carne picada (nosotros hemos utilizado retinto)
1 cucharadita de sal
Pimienta negra molida, nuez moscada rallada y jengibre en polvo
2 cucharadas de fécula de patata (el espesante de la marca de Maizena es fécula de patata) En su defecto podemos utilizar pan rallado.
100 cc de leche.

Para la salsa de carne:

4 cucharadas de mantequilla
4 cucharadas de harina
Caldo de carne (Nuestro caldo fue una cocción durante doce horas de cuatro huesos tostados de rodilla de vacuno, 250 gr de jarrete de retinto, zanahorias, puerro y apio).
Sal y pimienta.

Puré de guisantes:

Guisantes congelados
Caldo de ternera
Mantequilla, sal y pimienta.

Elaboración:

Primero, mezclaremos la carne, que habremos pedido que nos piquen muy finamente, con las especias, la sal, la fécula de patata y la leche. La moldearemos en forma de croquetas grandes y ovaladas.

Freiremos las albóndigas en mantequilla hasta que estén doradas.

Para la salsa, derretiremos mantequilla, añadiremos harina y cocinaremos a fuego lento hasta obtener un color nuez. Añadiremos caldo caliente gradualmente, dejaremos hervir y sazonaremos al gusto.

Incorporaremos las albóndigas a la salsa y cocinaremos a fuego lento hasta que estén listas.

Para la guarnición prepararemos un puré de guisantes con caldo de ternera, mantequilla, sal y pimienta. Y añadiremos a la guarnición unas patatas cocidas.

Remataremos el acompañamiento con una mermelada de arándanos.

Hemos acompañado el plato con un Famille Perrin Collection de Côtes du Rhòne de 2020 que entona bellas armonías con la mermelada de arándanos.

Y de arándano en arándano, tiro porque me toca y aterrizamos en Finlandia.

Los fineses son muy aficionados a la recolección de frutos silvestres. En verano es costumbre recorrer los extensos y bellos bosques recolectando frutos, entre ellos, arándanos. Tanto frutito ha dado lugar a un extenso recetario de mermeladas y tartas. Y para poner un dulce final ponemos en práctica una de las muchas fórmulas tradicionales. Hay que decir que poco tienen que ver el aroma de los arándanos cultivados a los que hemos tenido acceso con los que solemos recolectar en los bosques de Pirineos, pero nos han permitido elaborar una Mustikkapiirakka bastante resultona, al menos, una de las muchas versiones que hemos encontrado.

Mustikkapiirakka

Para la base:

115 gr. de mantequilla sin sal.
115 gr. de azúcar,
Un huevo
120 gr. de harina de respostería.
5 gr. de levadura química.
Extracto de vainilla

Para la cobertura:
180 gr. de nata ácida (Creime freiche)
50 gr. de azúcar.
Un huevo.
Arándanos en cantidad suficiente para cubrir la tarta.

Precalentaremos el horno a 180 grados y untaremos de mantequilla un molde de tarta poco profundo.

Mezclaremos la mantequilla con el azúcar, el extracto de vainilla y el huevo. Una vez que tengamos una mezcla homogénea, añadiremos la harina con la levadura tamizadas.

Distribuiremos la mezcla en el molde de tarta y lo cubriremos de arándanos, dejando un centímetro sin arándanos en los bordes.

Batiremos la nata ácida con el huevo y el azúcar y regaremos con esta mezcla los arándanos intentando dejar los bordes libres de mezcla.

Hornearemos unos 40 minutos o hasta que veamos que los bordes adquieren las tonalidades de los bosques en otoño y la cobertura está sólida.

Dejaremos volar la imaginación por los bosques finlandeses.



Conciertos de la temporada 2022-23 "Degusta"


Primer concierto Apología de la forma

Segundo concierto Belleza a contracorriente

Tercer concierto Aderezos intertextuales

Cuarto concierto: El cuarto concierto: saborear la admiración

Quinto concierto: Danzad, danzad malditos

Sexto concierto: Genealogías entrecruzadas

Séptimo concierto: Un brindis sagrado

Octavo concierto: El elogio de lo popular

Noveno concierto: Generación talento

Décimo concierto: Mirar atrás, caminar hacia delante

domingo, 30 de abril de 2023

El décimo concierto: tradición y vanguardia


Al leer las notas al programa del décimo concierto de la temporada, no puedo evitar entrever algún paralelismo con la cocina actual:

“…¿en qué consiste la vanguardia? No hay dudas de la modernidad vital, creativa y estética de los tres protagonistas - Bacewicz, Schoemberg y Weill -, pero en todos los casos siempre ha habido un instante de pausa, de búsqueda de retaguardias. Escucharán estructuras formales ancladas en otros tiempos pero reformuladas para que no pierdan su capacidad de asombro. La repetición no se permite en el arte, pero tal vez el truco consista en mirar hacia atrás para caminar hacia delante.”

¿Cuántos grandes platos de la mejor cocina de vanguardia no provienen de la reinterpretación de la cocina más tradicional?

Y mientras recuerdo algunas brillantes elaboraciones inspiradas en la cocina de antaño y aún resuenan las obras dirigidas por Catherine Larsen-Maguire al frente la Orquesta de Extremadura el 16 de marzo, leo unas propuestas de grandes maestros de la cocina sobre reinterpretaciones de recetas de cuaresma. Me seduce la idea de Martín Berasategui: unas torrijas elaboradas con bollos suizos o bollos de leche.

No cabe duda de que la torrija está de moda: no hay carta de postres que se precie que no incluya una torrija, (caramelizada en lugar de frita, la mayoría de las veces). No soy amigo de las modas en cocina, pero en vista de la cercanía de la Semana Santa y la devoción pacense por los bollos de leche de cierta pastelería de Badajoz, vamos con la propuesta de Berasategui.

Cortamos los bollos de leche en rebanadas de entre uno y dos centímetros de gruesos y dejamos al aire para que se endurezcan un poco, sin llegar a quedar quebradizas. Cuatro o cinco horas serán suficiente.

Mezclamos leche entera con nata líquida en una proporción de aproximadamente el 50%. Añadimos piel de limón, piel de naranja, azúcar y canela en rama. Llevamos a ebullición, dejamos hervir un par de minutos y dejamos infusionar durante una o dos horas.

Empapamos las rebanadas en la leche, pasaremos por huevo batido y freímos en un aceite bien caliente (mejor un aceite de sabor neutro: girasol, maíz…). Según vayamos sacándolas de la sartén, las pasaremos, primero por papel absorbente para eliminar el exceso de aceite y luego, espolvoreamos con azúcar y canela.

Si nos sobra leche, podemos servir con una resultona salsa de tofe aromatizada: colamos la leche sobrante para quitar restos de migas. Preparamos un caramelo rubio (no conviene que sea muy oscuro para evitar sabores amargos) y añadimos la leche previamente calentada. Dejamos hervir hasta que reduzca un poco.

Y he aquí cómo un tradicional (y delicioso) aprovechamiento de pan se convierte en una golosa y delicada fruslería para acompañar un café.


Conciertos de la temporada 2022-23 "Degusta"


Primer concierto Apología de la forma

Segundo concierto Belleza a contracorriente

Tercer concierto Aderezos intertextuales

Cuarto concierto: El cuarto concierto: saborear la admiración

Quinto concierto: Danzad, danzad malditos

Sexto concierto: Genealogías entrecruzadas

Séptimo concierto: Un brindis sagrado

Octavo concierto: El elogio de lo popular

Noveno concierto: Generación Talento

sábado, 25 de febrero de 2023

El sexto concierto, Brahms y un Apfelstrudel


Los inviernos vieneses son fríos. Fríos y de una delicada belleza: el blanco de la nieve recién caída resaltaba las líneas de tantos edificios construidos en aquella Viena efervescente.

Corrían los primeros días de enero de 1874 y había recibido una nota de su amigo Theodor. Tal era el entusiasmo que transmitían aquellas líneas que aceptó la cita de inmediato. Abandonó el local de la Gesellschaft der Musikfreunde en las traseras del recién construido Musikverein. Al torcer por Kärntner Strasse volvió a admirar la fachada de la ópera construida hacía apenas cinco años. Poco tenía que ver la Viena que hoy contemplaban sus ojos con la de 1862 cuando la visitó por primera vez. En el 65 se abrió la gran avenida donde los mejores arquitectos de la época, Semper, Hasenauer, Hansen, Schmidt, Ferstel… se afanaban en crear la más esplendorosa avenida, digna de albergar la vanguardia cultural de Europa y capaz de engañar la decadencia de un imperio.


Se encontraron en la puerta de la Iglesia de San Agustín. El cirujano estaba exultante. Los pocos metros que les separaban de Josefplatz bastaron para que Theodor Billroth le refiriese el motivo de su entusiasmo: el 31 de diciembre había logrado extirpar con éxito un tumor de laringe. Johannes se alegraba de los éxitos de su amigo pero al vislumbrar las cuatro descomunales estatuas de Hércules de Michaelerplatz no podía evitar ensimismarse, sentirse pequeño, imperfecto, siempre recordaba la descomunal Novena Sinfonía del genio. ¿Sería capaz de terminar la sinfonía que comenzó muchos años atrás? ¿Sería digna de llamarse siquiera Sinfonía? Obsesionado con la perfección, aquella partitura le resultaba un trabajo hercúleo.


Billroth y Brahms torcieron por Kohlmarkt. El aroma del café turco y la calidez del salón de Demel propiciaron nuevamente la animada conversación. Hablaron ora de los avances médicos, ora de la música camerística que ocupaba a Johannes. Los últimos atrevimientos de Wagner y Liszt también merecieron algún comentario, no muy favorable, por cierto. La música les unía: Theodor se sintió inclinado por los estudios musicales en su juventud y, aunque al final eligiese la medicina, era un excelente pianista y violinista; Johannes era un compositor ya consagrado y director de la pujante Gesellschaft der Musikfreunde (Sociedad de amigos de la música de Viena).

Johannes Brahms estrenó su Primera Sinfonía el 4 de noviembre de 1876 en Karlsruhe bajo la dirección de Otto Dessoff. En su cuarto movimiento reconocemos el recuerdo a la Novena Sinfonía de Beethoven.

Y el doce de enero de 2023 Andrés Salado y la Orquesta de Extremadura la interpretaron en Badajoz, ciento cuarenta y nueve años después de que Billroth y Brahms quizá hubiesen tomado en la cafetería Demel de Viena un café y un strudel de manzana.


Strudel de manzana (Apfelstrudel)


Ingredientes:

300 gr. de harina de repostería
100 ml de agua
Un huevo
Sal
2 manzanas (mejor reineta)
75 gr. de azúcar
Canela molida al gusto
Azúcar vainillado al gusto
Uvas pasas sultanas o de corinto
Algunas nueces
50 gr. de mantequilla
25 gr. de pan rallado
Ron (el necesario para macerar las pasas)

Elaboración

Cubrimos las pasas con el ron para que se hidraten.

Mezclamos la harina, el agua y el huevo y una pizca de sal y los trabajamos hasta conseguir una bola elástica y lisa. Una vez amasada, la maltratamos sin piedad contra la mesa para conseguir que sea bastante elástica y se pueda manipular y estirar bien. La dejamos reposar envuelta en film de cocina. Se podría sustituir este proceso usando hojaldre o pasta filo comercial, pero ni el resultado será el mismo ni habremos descargado adrenalina en el amasado.

Fundimos la mantequilla y la mezclamos con el pan rallado, tostándolo ligeramente hasta obtener una mezcla de textura arenosa y dorada.

Pelamos las manzanas y las cortamos en trozos. Añadimos el azúcar y la canela y la mitad de la mezcla de pan rallado con mantequilla. Mezclamos bien y dejamos que macere mientras estiramos la masa.

Con la mesa espolvoreada de harina , estiramos la masa con el rodillo hasta lograr una masa muy fina. Según la tradición hay que poder leer el periódico (supongo que también se admite una partitura de Brahms) a través de la masa. Tradiciones al margen, no olvidemos que luego hay que enrollarla.


Una vez estirada, la ponemos sobre un silkpad, un paño de cocina enharinado o algo que nos pueda ayudar a enrollar.

Sobre la masa estirada espolvoreamos el resto del pan rallado que mezclamos con la mantequilla. Repartimos las nueces partidas en trozos y ponemos la manzana con las pasas extendida sobre un tercio de la superficie de la masa.

Enrollamos la masa empezando por el lado que tiene relleno y doblamos los bordes laterales para cerrar. Una vez formado el strudel, lo pintamos con huevo batido y lo horneamos a 180º durante unos 35 minutos. No debe quedar excesivamente dorado.

Una vez horneado, podemos darle una suave nevada de azúcar glass.

Conciertos de la temporada 2022-23 "Degusta"

Primer concierto Apología de la forma

Segundo concierto Belleza a contracorriente

Tercer concierto Aderezos intertextuales

Cuarto concierto: El cuarto concierto: saborear la admiración

Quinto concierto: Danzad, danzad malditos



miércoles, 12 de octubre de 2022

Un dulce reencuentro: el inicio de la temporada de conciertos de la Orquesta de Extremadura.


Es dulce el reencuentro. Dulce y sonoro como los besos adolescentes, como los besos de abuela, como los besos anhelados. Cada año, cada otoño, nos reencontramos con la Orquesta de Extremadura. Así ha sido desde hace veintitrés años.

Veintitrés años llenos de tardes de emoción, de páginas memorables. Algunas perdurarán en la memoria como aquel Concierto para violín de Freitas Branco con Alexandre da Costa y Jesús Amigo, la interpretación de María Dueñas del Concierto para violín de Sibelius con la dirección de Andrés Salado, la Cuarta sinfonía de Bruckner, la Patética de Thaikovsky dirigida por Álvaro Albiach, la Sinfonía de cámara de Shostakovich… Imposible recordar todos los momentos mágicos vividos, primero en el Teatro López de Ayala y después en el Palacio de Congresos. Imposible olvidar también los tiempos difíciles cuando las circunstancias económicas y la ignorancia de algunos hicieron peligrar la existencia de la Orquesta o cuando un virus vino a cambiarlo todo.

No es la primera vez que en este blog nos atrevemos, con toda la modestia, casi con pudor, a aportar sabor a este reencuentro. Y este año repetimos la osadía: la temporada ha sido bautizada como Degusta y “es una invitación al disfrute, dando a probar una amplia variedad de músicas” y no vamos a dejar pasar la ocasión de celebrar la música disfrutando en la cocina. En 2016 publicamos "El Tafelspitz. Recuerdos de una Viena imperial y efervescente (o cómo resuenan en la cocina los ecos de un concierto de la Orquesta de Extremadura)"

Comienza la temporada con un programa titulado “Apología de la forma” y extraigo de las notas del programa:

“…También juega con la estructura en sus tres movimientos, usando formas clásicas (forma sonata, rondó o lied) para desbordarlas con ideas extensas e independientes: es el reino del fondo imponiéndose a la apología de la forma.” Refiriéndose al concierto para piano de Beethoven.

Y sobre la Tercera Sinfonía de Brahms, “…Clara Schumann, … , le escribió una carta fechada el 11 de febrero de 1884: «¡Qué obra, qué poesía, el estado de ánimo más armonioso gracias al todo, y los movimientos como un único latido del corazón […] Me cautiva el esplendor del día que despierta, cómo los rayos del sol brillan entre los árboles»”

Imagino tres capas de bizcocho desbordadas de libres cremas y un sol que brilla entre los árboles de la Selva Negra. Tierra de bosques formidables, misteriosos, románticos.


Una tarta Selva Negra dulce, excesiva, romántica para celebrar este dulce reencuentro.

No queda muy claro el origen de esta tarta pues hay varias versiones según las fuentes: hay autores que la consideran un postre originario de la Selva Negra, otros la atribuyen a una creación en 1915 de Josef Keller, en el Café Agner de Bad Godesberg (distrito urbano de Bonn) y otros sitúan su origen en la zona Baden-Württemberg, rica en cerezas. Lo que sí podemos afirmar es que en la actualidad, la Schwarzwälder Kirschtorte es un postre muy popular en Alemania, Austria, Suiza y el Trentino italiano.

Tampoco en las recetas hay unanimidad, pero todas las fórmulas coinciden en que es una tarta formada por capas de bizcocho de chocolate con la presencia de nata y cerezas. Estas últimas en forma de mermelada, confitadas, maceradas en licor o presentes en el Kirsch que utilizan algunas recetas para emborrachar el bizcocho.

Así, nos mantendremos fieles a la forma y la desbordaremos de cremas y aromas.

La mayoría de las versiones de Selva Negra que hemos degustado y la mayoría de las recetas encontradas alternan las capas de bizcocho de chocolate con capas de nata montada o de crema chantilly e introducen la cereza de diversas formas.

Hemos seguido, con algunas licencias, la receta amablemente facilitada por Laly Fernández-Daza (La Dulce Encomienda) a quien aprovecho la ocasión para agradecer su generosidad proporcionándonos infinidad de recetas y consejos.

Esta fórmula utiliza crema chantilly en el exterior de la tarta y como relleno una deliciosa crema de chocolate.

El bizcocho de chocolate utiliza la técnica del bizcocho genovés añadiéndole cacao:

Ingredientes:

120 gr.de azúcar
240 gr. huevos (unos cuatro huevos, dependiendo del tamaño)
Una yema
100 gr.de harina
20 gr.de cacao en polvo

Preparación:

Batimos los huevos y la yema y añadimos el azúcar. Montamos hasta que triplique su volumen. Agregamos la harina y el cacao con tamiz y con movimientos envolventes.

Disponemos la mezcla en un molde desmontable o en un aro sobre un silpat, convenientemente untados de mantequilla o espray antiadherente de repostería. Horneamos a 170º durante 25 o 30 minutos, según el horno. Dejamos enfriar y lo cortamos en tres capas.

Crema de chocolate

Previamente habremos elaborado una crema pastelera (Yema de huevo, harina de maíz, leche, vainilla (opcional) y azúcar). En cualquier libro básico de cocina o repostería encontraremos la fórmula, en Internet hay cientos de recetas.

Montamos 230 gramos de nata y reservamos en la nevera.

Fundimos el chocolate a unos 55º y mezclamos con la crema pastelera, que debe estar templada, a unos 45 º. A esta mezcla añadimos un poco de nata.

Crema chantilly

400 gr. nata líquida.
40 gr. azúcar lustre
Vaina vainilla (nosotros hemos utilizado un poco de azúcar vainillado, aunque sabemos que no proporciona el mismo aroma)

Montar la nata con batidora de varillas y cuando está bien montada añadir el azúcar lustre. Terminar a mano para encontrar bien el punto de la crema.

La presencia de la cereza:

La fórmula original utiliza griotines (pequeñas cerezas silvestres) macerados en kirsch. En su defecto, nos hemos tomado la licencia de añadir en el montaje una fina capa de mermelada de cereza.

Además, hemos elaborado un almíbar con azúcar, agua y una generosa cantidad de un licor de cereza portugués con el que hemos humedecido las capas de bizcocho.

Montaje:

Rellenamos con crema de chocolate las capas de bizcocho humedeciéndolas con el almíbar. En una de las capas añadimos también una fina capa de mermelada de cereza. y cubrimos con crema chantilly. Decoramos con fideo de chocolate.

Fotografías de paisaje: tomadas en un viaje por el sur de Alemania en 2011.



martes, 24 de noviembre de 2020

Una canción y los repápalos. (Dedicado a Katie James)


Eufemia Corrales Pérez conducía con diligencia el carro del supermercado por los pasillos de los lineales atestados de productos asépticamente envasados en brillantes plásticos multicolores, sistemáticamente ordenados y primorosamente iluminados. A sus setenta y siete años se había adaptado a la perfección y quizá con gusto a los hábitos urbanos del siglo XXI, aunque, a veces, el destello broncíneo de los platos de la balanza del señor Lucio, que regentaba la tienda de ultramarinos de la esquina de la calle Delicias, su bata azul plomo, su papel de estraza y sus estanterías atiborradas se abrían paso desde algún recodo de la memoria con el regusto agridulce de la nostalgia. Recuerdos de un Madrid en blanco y negro al que llegó más pobre que las ratas hace ya más de diez lustros.

Su recorrido por el “super” era decidido, metódico, rápido y eficaz, aunque aquel día, como todos los primeros sábados de cada mes, era más errático y desordenado. Porque, como todos los primeros sábados de cada mes, le acompañaban Alejandrito y Sheyla, sus adorados nietos. Ora aquel paquete de dulces plastificados de uno en uno dentro de sus alveolos de plástico, a su vez convenientemente envasados en un plástico transparente, ora un fiambre lustroso y rosado en su inmaculado envase de plástico… y la parada ritual para elegir el postre del día frente a la estantería de cajitas de polvos para hacer natillas, gelatinas, flanes y cremas de ciento un sabores.

En una esquina se apilaban varias torres de cartones de huevos en oferta.

- ¡Abuela! Las fábricas de huevos deben ser muy grandes ¿no?

- Si… No. No, Alex, no hay fábricas de huevos.

Y se vio pequeña, con aquella faldita raída y la rebeca gris metiendo la mano en los templados nidales. El olor dulzón de la paja, el acre del estiércol; la salmodia de las gallinas. La sombra de la higuera en el verano y el brasero de picón en el invierno. El caldero siempre humeante que colgaba de los llares. Las manos agrietadas de su abuela rezumantes de suero y cuajada cuando en silencio la miraba absorta preparar los moldes del queso. El cocido de cada día. Vívidos retazos de un tiempo pasado que no fue mejor pero tampoco peor.

- ¡Abuela!

- Ya te lo contará, Papá. - Y Alejandrito sabía que no había más que preguntar.

Pasaron por la estantería de las cajitas de polvos y pasaron de largo…

Eufemia apretó el paso. Resuelta, tan resuelta como cuando hace muchos años, tantos que ni se acuerda, cogió al Eulogio, un hatillo y unos pocos ahorros y partió a buscar fortuna a un mundo de inciertas promesas de asfalto y hormigón.

- ¡Abuela!... El postre…

Eufemia no recuerda cuando los cocinó por última vez, pero hay saberes y sabores que no se olvidan.

- ¡A casa! Hoy probaréis repápalos con leche.


Repápalos, sapos o sapillos en leche, que los tres nombres, y quizá alguno más, recibe según el lugar donde se cocinen; este postre me sugiere como pocos tradición, cocina de subsistencia, de aprovechamiento. Cocina de cuando había que aprovechar el pan de anteayer, de huevos recién cogidos y leche recién ordeñada. Por eso y quizá por la sonoridad de su nombre fue el postre que se me vino a la mollera cuando decidí escribir estas líneas después de escuchar una voz de panela y cristal, una guitarra más acariciada que rasgada, un ritmo de bambuco y una letra que canta a las raíces, al campo, a las labores y a los platillos de siempre: es Katie James y la canción, Toitico bien empacao.

Arropado en una sonora, casi divertida, sucesión de productos del campo colombiano viaja un mensaje más profundo; en palabras de la propia Katie: “…habla de la desconexión entre las personas de las ciudades y el campo, que viven alejadas del campo, de sus raíces… Hay un desconocimiento profundo del trabajo del campo, de los campesinos, de cuanto sudor hay detrás de nuestra sopa diaria…”. (Entrevista en Vaiven Perú, 9 de febrero de 2020).



Katie James es irlandesa, llegó siendo muy niña a Colombia y se educó entre música y plantaciones en las sierras de Tolima. Comenzó a tocar el violín a los nueve años y a componer a los trece. Su música transita por el blues, las influencias irlandesas y el pop y brilla con una luz especial con los ritmos colombianos. Reside en Bogotá, donde completó su formación musical, pero se iluminan su mirada y su voz cuando nombra las montañas de Huila y los campos de Tolima y lo transmite en muchas de sus composiciones como la emotiva Me voy al monte o en sus sentidas versiones de Al sur de Jorge Villamil o Pueblito viejo de J.A. Morales. Mucho podríamos hablar sobre el talento y la música de Katie James, pero será mejor que el propio lector la descubra en las plataformas digitales, en su canal de Youtube o en las redes sociales en las que mantiene una intensa actividad.



Repápalos, sapillos o sapos en leche

Receta de hondas raíces que encontramos no solo en Extremadura sino en muchos otros lugares de la geografía española. Es uno de los muchos postres de ambos lados del océano que comparten leche aromatizada con cítricos, anís o canela: el arroz con leche, la leche frita en España o la mazamorra en Colombia. 

Ingredientes:

Pan de buena y prieta miga del día anterior
Huevos
Leche
Azúcar, canela, anís, peladura de naranja o limón.

Elaboración:

Se remoja la miga en huevo batido al que puede añadirse algo de leche y un poco de azúcar. Si se quieren más esponjosos se puede añadir un poco de levadura química (gasificante). Debe quedar una masa homogénea lo suficientemente espesa para poder darle forma con dos cucharas. Cuanto más blanda seamos capaces de manejarla, más suaves y agradables quedarán.

Formaremos bolas o quenelles (o lo que nuestra habilidad nos permita) de la masa ayudándonos con dos cucharas y las freiremos en aceite no excesivamente caliente para que no se doren demasiado rápido. Las iremos depositando en un recipiente con papel absorbente para recoger el exceso de aceite.

Habremos infusionado la leche con canela o anís, o ambos y peladura de naranja o limón… depende de los gustos. Una vez que la leche ha dado un hervor dejaremos reposar una o dos horas para que se integren los sabores. Añadiremos azúcar al gusto.

Añadiremos los repápalos a la leche y les daremos unos hervores. Si queremos dar un poco más de cuerpo a la leche, podemos batir dos o tres yemas de huevo con azúcar y diluiremos en un poco de leche fría o templada. Añadiremos esta mezcla al conjunto moviendo suavemente y a fuego muy bajo para que no se cuajen las yemas. Tras tres o cuatro minutos de cocción suave, apagamos y dejamos reposar hasta el día siguiente.

Fusionando y transgrediendo 

Si la inspiración para este artículo llegó con una melodía colombiana, permítanme ser moderadamente transgresor y servir los repápalos acompañados de dulce de papaya.

En Colombia utilizaríamos papayuelas, fruta similar a la papaya pero más pequeña y sabrosa e imposible de encontrar en estos lares. 

El dulce de papayuela es un postre muy extendido en Colombia y de elaboración muy sencilla: Se pelan las papayuelas (papayas en nuestro caso) y se cortan en tiras siguiendo la fibra. Se ponen a cocinar en agua no muy abundante durante 30 minutos o hasta que queden blandas, se le añade un poco más de agua y el azúcar.

Se dejan a fuego lento unos 30 minutos sin mover quitando la espuma que se puede formar. Se añaden unas gotas de limón. 



¿Qué tal su café?, ¿cómo estuvo su agua e’ panela?
Qué buenas arepas las que prepara doña Rubiela
¿Qué tal el ajiaco, con el frío de la mañana?
Y el sabor de la papa que traje fresquita allí e‘ la sabana.

Discúlpeme, si interrumpo su desayuno
Pa' salir de las dudas es el momento más oportuno
Dígame usted, si conoce la molienda
¿O el azúcar es solo una bolsa que le compran en la tienda?

Y cuénteme, ¿qué sabe de su tierra?
Cuénteme, ¿qué sabe de su abuela?
Cuénteme, ¿qué sabe del maíz?
¿O acaso ha olvidado sus antepasados y su raíz?

Dibújeme el árbol del cacao
Mientras se toma ese chocolate con pan tostao
Dígame su mercé, ¿qué sabe del azadón?
Ese es el que le trae a usted la sopita hasta el cucharón.

Y cuénteme, ¿qué sabe de su tierra?
Cuénteme, ¿qué sabe de su abuela?
Cuénteme, ¿qué sabe del maíz?
¿O acaso ha olvidado sus antepasados y su raíz?

Venga, le cuento los cuentos del huerto y de la malanga
La yuca, la yota, los chontaduros, la quinua, las habas y la guatila
Le tengo el guandú, las arracachas y la calabaza
Le traigo guineos, también chachafrutos y unas papitas en la mochila.

Ay, perdón señor por ser yo tan imprudente
Es que a veces me llegan estos pensamientos irreverentes
¿Pa' qué va usted querer saber sobre el arao?
Si allí en la esquina lo encuentra toitico bien empacao.

Glosario

Arracacha: de nombre científico Arracacia xanthorrhiza. Planta de las apiáceas de la que se consume principalmente la raíz de forma similar a la zanahoria aunque más gruesa. Tiene múltiples usos culinarios: desde purés y sopas, guisos, harinas…

Chachafruto: de nombre científico Erythrina edulis. Árbol que alcanza los 25 metros de altura del que se consume su fruto que forma vainas de hasta 50 cm de largo. Los cotiledones se consumen sancochados, fritos y en numerosas preparaciones dulces.

Chontaduro: de nombre científico Bactris gasipaes. Fruto drupáceo de alto valor nutritivo tanto en vitaminas y minerales como en proteínas. De la misma planta se consume el cogollo, conocido como palmito. 

Guandú: sopa de la zona atlántica colombiana elaborada con verduras y carnes.

Guatila (o Yota): de nombre científico Sechium edule. Planta cucurbitácea de frutos comestibles. En cocina se utiliza como hotalizas en sopas, purés o guisos con otras verduras.

Guineo: plátano

Malanga: de nombre científico Colocasia esculenta. Tubérculo comestible. En cocina se utiliza como cualquier otra hortaliza, siempre cocinada ya que en crudo resulta tóxica. Suele formar parte del popular sancocho.

Molienda: cualquier proceso de molturación para obtener harinas o jugos de vegetales. En la canción y en general en Latinoamérica suele referirse a la caña de azúcar.

Panela: jugo de la caña de azúcar evaporado, concentrado y cristalizado. También puede encontrarse elaborado a partir de savia de palmera en oriente (India Pakistán…) también recibe los nombres de piloncillo, papelón, raspadura o chancaca, entre otros. A diferencia del azúcar mascabado, el azúcar moreno y el azúcar blanco no sufre ningún proceso de purificación.

Papitas: patatas.

Quinua: de nombre científico Chenopodium quinoa, también conocida como quinoa. Semilla con alto valor nutritivo que puede emplearse en cocina con usos similares al arroz.

Yota (o Guatila) 

Yuca: de nombre científico Manihot esculenta. También conocida como mandioca (nombre de origen guaraní. Yuca es de origen maya). Debe consumirse totalmente cocinada por su carácter tóxico en crudo. De su harina se obtiene el tapioca.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Escabechando (III): y más escabeches, los últimos… por ahora.

Con este artículo damos por cumplida la amenaza de seguir compartiendo ideas sobre esta secular preparación y, también, damos por concluida la reseña sobre la avinagradamente deliciosa velada que pasamos en Pancontigo el 17 de marzo.

En el artículo anterior hablábamos sobre la importancia que cobraron los escabeches en la Hispania romana y sobre el origen arábigo de la palabra. En éste avanzamos algunos siglos.

No sabemos si por la gazuza que sufrían nuestros literatos o porque les venía al pelo para sus barrocas metáforas, pero lo cierto es que son profusas las referencias a las cosas del comer y del beber en los textos de los siglos XVI y XVII. Cervantes, Tirso, Lope, Góngora y muchos más, si no todos, mencionan condumios, brebajes y morapios en sus obras.

Sea quizá la más gastronómica de todas las obras la genial Mojiganga de los guisados de Calderón de la Barca, que narra el torneo en el que Don Estofado reta a duelo a quien niegue la condición de Princesa de los guisados de su dama Doña Olla. No se queda atrás Agustín de Rojas con su Alabanza al puerco.

Y aunque quizá sea la olla podrida el guisado que más alusiones reúna, nuestro escabeche también tiene prolija presencia en la obra literaria del Siglo de Oro.

“Cuando acaso me aproveche
de tus ramos, oh Laurel
no sea como poeta
ni sea como escabeche.
”

Luis de Góngora

“Esto la dije, y en cortezas duras
De Laurel se ingirió contra sus tretas,
Y en escabeche el Sol se quedó a oscuras.
”

Francisco de Quevedo

Mas dicen los estudiosos del dorado siglo de las letras españolas que buena parte de las menciones al escabeche se debían a uno de sus principales ingredientes: el laurel y que tales referencias debían interpretarse como alusiones a la corona de los poetas -de laurel- y no a su significado como alimento.

Harto debió quedar el Doctor Thebussem de leer en sus estudios sobre el Siglo de Oro tanta metáfora del escabeche y la corona de los poetas porque, en su obra La mesa moderna, cartas sobre el comedor y la cocina, reivindica el ministerio aromático del laurel en el escabeche y no laureando la testa de los vates:

“… Creo, si mis asertos no son puros disparates, que en la trocha indicada abundan tanto los laureles, que bien podrán coronarse con ellos los sabios y los literatos que nos ayuden en nuestra empresa; y creo que han de sobrar ramas frescas y lozanas, que sirvan para el legítimo uso á que la naturaleza destinó el laurel; es decir, para el escabeche de besugos y perdices en la cocina española, ó para el bouquet garnie en la cocina francesa.”

Era don Mariano Pardo de Figueroa y de la Serna erudito escritor y gastrónomo, vivió a caballo entre los siglos XIX y XX y fue más conocido por su seudónimo Doctor Thebussem. Estudioso del Siglo de Oro , y de Cervantes en particular, escribió sobre muy variados temas, entre ellos la filatelia, por lo que fue nombrado Cartero Honorario por Correos de España. Lo cierto es que cultivó con tanto ahínco el género epistolar que no sabemos muy bien si la distinción otorgada por el organismo de Correos premiaba sus escritos filatélicos o su faceta como cliente excepcional pues se conocen más de doce mil cartas suyas. A este género pertenece la obra antes citada: una recopilación de misivas que intercambiaron un cocinero de Su Majestad y el Doctor Thebussem, que recomendamos encarecidamente pues resulta una deliciosa lectura muy ilustrativa sobre las costumbres gastronómicas de su época.

Volviendo al Siglo de Oro, hay que decir que por mucho que se empeñaran Lope, Góngora y compañía en restar protagonismo alimenticio a los escabeches en favor de dotarles de un papel laudatorio, algunos datos cuantitativos nos indican que también gozaban de buen predicamento en las mesas: Luis Cabrera de Córdoba en su Relación de las cosas sucedidas en la corte de España desde 1599 hasta 1614 da cuenta de los víveres que había en las despensas de la Corte según los días del calendario eclesiástico indicasen si debía comerse carne o pescado. Omitimos los datos de las carnes en parte porque no vienen al caso y en parte por pudor. Los días de “abstinencia”, la “dieta” de la Corte se componía de “Cien libras de truchas. Cincuenta de anguilas. Cincuenta de otro pescado fresco. Cien libras de barbos. Cien de peces. Cuatro modos de escabeches de pescados [Por lo que se ve que nuestra idea citada en el artículo anterior de escabechar la caballa de tres maneras diferentes no era tan original] y de cada género cincuenta libras. Cincuenta libras de atún. Cien de sardinillas en escabeche. Cien libras de pescado cecial muy bueno [faltaría más…]. Mil huevos. Veinte y cuatro empanadas de pescados diferentes. Cien libras de manteca fresca. Un cuero de aceite. Fruta, vino, pan y otros regalos extraordinarios, como en el día de carne se dice.”

Los escabeches llegaron al Nuevo Mundo y en el Siglo de Oro también estaban presentes en las mesas de alcurnia de allende los mares. El licenciado Juan Méndez Nieto, médico portugués judío converso que andaba en 1569 por Cartagena (la de Indias, claro), en sus Discursos medicinales nos describe una cenita, que se nos antoja todo un paradigma de cocina fusión… nada hay nuevo bajo el sol, compuesta por “Unos huevos estrellados y con agraz, sardinas de España y de la tyerra, fritas con huevos y assadas con uvas y rábanos, picuda salpresada con azeyte y vinagre, bacalao con nogada, un pastelón de ostiones y hicotea, enpanadas de salmonetes y atún de yjada, torta de leche, unas acelgas bien guisadas, otra ensalada de alcaparras, verengenas con almodrote, huevos rellenos, pyña y mamey, palometas y sargos guisados y en escaveche, queso y azeytunas y cantidad de buñuelos de vyento; y para postre mucha leche cozida con azúcar y yerbabuena, y todo lo más que se le antojare al señor Governador assy de pescado como de carne y frutas, por quanto es mañana día de yndulgençia plenaria y puede comer todo lo que quisiere.” (Rogamos al lector que se centre en lo de los escabeches y deje los comentarios “colaterales” para mejor ocasión). El padre jesuita Tulio Aristizábal decía del susodicho Juan Méndez que “… era solo un aventurero dándoselas de eminente doctor, embaucador y andariego jugador de naipes que alternaba los tratamientos de fiebres cuartanas con partidas de naipes, bebetas y algo de música, puesto hasta músico era.” No sabemos si la aseveración del jesuita es digna de crédito o se debe a alguna animadversión personal o religiosa, pero aunque lo fuese, podría restarle crédito como galeno, pero suponemos que sea como médico o sea como consumado vividor debió conocer bien las mesas del lugar.

Con esto abandonamos las menciones al pasado y volvemos a la noche que nos ocupa:

En el artículo precedente describíamos un escabeche de verdura que bien puede comportarse como un entrante y tres escabeches de caballa. Y como el reto que nos impusimos era lograr un menú de escabeches que discurriese en paralelo con el de tartares, cumplidos entrante y pescados, nos queda la carne, una guarnición escabechada para acompañar a la estrella del menú de tartares, el staek tartar. Y, por último, nos propusimos escabechar hasta el postre. Manos a la obra, o al vinagre.

Escabeche de sidra

En la receta que presentamos hemos utilizado pechuga de pavo, pero puede elaborarse con otras aves o con bonito o melva. Marcamos la pechuga de pavo a la plancha. Puede utilizarse entera, en tacos o cualquier otro corte. No recomendamos que se utilicen filetes finos pues es fácil que queden secos. Nosotros hemos cortado longitudinalmente la pechuga en tiras gruesas, como si de un corte de tataki se tratase. Una vez bien reposado el escabeche, en el momento de servir nos permite una bonita y cómoda presentación en lonchas.

Sofreímos en abundante aceite de oliva cebolla, un poco de hinojo fresco, ajos enteros con piel, zanahoria, sal, granos de pimienta negra, rosa y de Jamaica, hojas de laurel, bayas de enebro y clavo de especia. Una vez sofrito añadimos sidra, vinagre de sidra y caldo de ave. Para mejorar la intensidad de sabor, podemos desglasar con sidra la plancha o sartén en la que hayamos marcado el pavo y añadirlo al escabeche cuando se incorporan todos los líquidos. Las cantidades, dependen del gusto. Dejamos hervir hasta reducir un poco y añadimos el pavo. Dejamos hervir cinco minutos y reposar al menos veinticuatro horas.

Escabeche de hinojo

Cortamos el bulbo de hinojo en juliana y sofreímos ligeramente, añadimos ajos enteros pelados, clavo de especia, bolas de pimienta negra y rosa, vino blanco aromático (Riesling, Chardonnay, Gewurtztraminer…) y vinagre de vino blanco. Hervimos unos minutos dejando el hinojo al dente. Retiramos el hinojo y dejamos reducir el caldo unos diez minutos. Volvemos a mezclar y dejamos reposar.

Hemos usado este escabeche como acompañamiento del steak tartar… pero ¡ojo!: juntos pero no revueltos.

Para esta receta hemos seguido las indicaciones de Concha Bernard en su magnífico blog Cocina y aficiones

Escabeche dulce de manzana y pera

Cortamos fruta. En la receta que presentamos hemos utilizado manzana y pera, pero podrían utilizarse también otras futas como plátano o melocotón.

Enharinamos la fruta, pasamos por huevo y freímos en aceite de oliva virgen.

Preparamos un escabeche a base de vinagre balsámico de Módena, vino dulce Pedro Ximénez, clavo de especia, canela en rama y pimienta de Jamaica (poca), miel y azúcar moreno. Conviene aligerarlo con agua. Dejamos hervir unos minutos hasta reducir al gusto, añadimos la fruta frita, damos un hervor y dejamos reposar.

Y con esto dejamos (de momento) de avinagrar estas páginas, no sin antes reiterar nuestro agradecimiento al anfitrión y los comensales con los que compartimos la noche del 17 de marzo.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

CASTAÑAS Y CALABAZA. POSTRES DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Las festividades de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, por obra y gracias de las redes sociales y la globalización, tienen una nueva a atracción que sumar a las tradiciones de uno y otro lado del océano: la aguerrida pugna de calbotistas, tosantistas, chiquitistas… contra hallowynianos (¿Se escribirá así?) o, lo que es lo mismo, entre tradicionalistas y esnobistas. En los días previos a estas celebraciones, disfrutamos de todo tipo de mensajes y ocurrencias en favor de una u otra opción.

Bien apagado el fragor de la batalla dialéctica, podemos abordar con más sosiego dos recetas, una con castañas, otra con calabaza, una de aquí y otra de allá. Y es que este blog es de vocación pacífica, que no pasiva. Ya nos pronunciamos sobre este tema hace un año en un artículo sobre alubias con calabaza: somos más partidarios de la suma que de la resta y poco dados a los extremos. Preferimos concentrar los esfuerzos en preservar de las tradiciones que entablar batallas contra las novedades.

Así que sin entrar en polémicas y dejando atrás las luchas entre la castaña y la calabaza nos disponemos a endulzar el paladar con dos postres impregnados de tradición, sencillez y humildad. Alejados de toda sofisticación, con esos aromas entrañables que a muchos nos transportarán a esas cocinas de las abuelas, a un olorcillo a anís, a canela, a cáscara de limón o de naranja promesa de dulces momentos. Dos postres de otoño, también de invierno. Uno de cada orilla del Atlántico, uno mejicano y otro español.

“El sonido atrapante de las cucharas de madera, chocando unas contra otras, las ollas de barro con aromas dulces o salados burbujeando como grandes calderos donde los sabores y texturas se volvían como por arte de magia en delicias que siempre había que probar. Mi abuela tocando las calabazas enormes para saber si estaban en su punto, llamando al Abuelo para que con su hacha las partiera de un solo golpe, ver saltar las pepitas y correr para que no cayeran y se ensuciaran, el aroma a canela y anís fundiéndose en un jarabe oscuro y dulce que el piloncillo regalaba. Ver como se apilaban los trozos de calabaza en la olla de barro, preguntar con impaciencia cuando estaría lista, mientras ella, con calma total, nos tostaba las semillas en un comal para "apaciguarnos". Memorias y sabores sencillos que aún hoy reconfortan cuando las cosas se visten de colores menos suaves que, "quizás" como decía la Abuela...cambien con el invierno.”

Con este párrafo introduce su receta de calabaza en tacha Mayte Gutiérrez, mejicana, autora de un blog, Rusticca, que bien merece seguirse tanto por la calidad de sus artículos y como por su exquisita fotografía.

Aunque parece que hay algunos vestigios de cultivos de calabaza en Babilonia y el antiguo Egipto, el cultivo de la calabaza llegó a Europa, como el pimiento, el tomate o la patata, con el descubrimiento del continente americano. En honor a su origen y por su delicadeza compartimos esta fórmula de la cocina mejicana tradicional.
Hay muy pocas variaciones entre las numerosas recetas consultadas. La diferencia más sobresaliente que hemos encontrado estriba en la utilización o no de guayaba, además de calabaza. Consultada la ya mencionada experta Mayte Gutiérrez, amablemente nos explicó que se trata de pequeñas diferencias regionales y que tratándose de un plato muy tradicional y extendido, cada casa, cada familia, puede aportar matices.

Nosotros hemos utilizado la receta sin guayaba:

Para cada kilogramo de calabaza utilizaremos unos 250-300 gramos de panela o piloncillo (fácil de encontrar en algunas grandes superficies y algunos herbolarios. Procede del jugo de caña de azúcar sin refinar).

En cuanto a los aromas, hemos utilizado anís estrellado, canela, clavo de especia, nuez moscada y peladura de naranja. Esta última no aparece en todas las fórmulas consultadas, aunque algunas, incluso utilizan la naranja entera cortada en gajos. Las cantidades y la elección de todas o solo alguna de las especias será cuestión de gustos. Para nosotros, al menos, la canela y el clavo resultan imprescindibles.

Hervimos agua, aproximadamente un litro por kilogramo de calabaza, y añadimos las especias. Disolvemos la panela hasta conseguir un jarabe y añadimos la calabaza troceada. Cocemos hasta obtener una textura agradable y debemos evitar que llegue a deshacerse.

El segundo postre que traemos, las castañas con leche, lo probé por primera vez en la zona de Don Benito, aunque no puede hablarse de una preparación exclusivamente extremeña: al menos en las cocinas gallega y leonesa aparecen fórmulas muy similares y, es seguro, aunque no lo hemos comprobado, que exista también en otras regiones españolas y, quizá, europeas.

Es un postre cuyas raíces probablemente ahonden en tiempos del medievo o incluso anteriores, aunque quizá no como postre puesto que el actual concepto de plato dulce como postre no estaba vigente.

El consumo de castaña debió ser mucho mayor en épocas medievales en las que, por una parte, no existía la patata y, por otra, la superficie forestal poblada de castaños era mucho mayor que la actual. La castaña, hoy relegada a algunos postres y a unos pocos acompañamientos de carnes, estuvo mucho más presente en la mesa de lo que está en nuestros días, no solo en cantidad, sino también en variedad de preparaciones.
El plato puede elaborarse con castaña fresca, castaña pilonga (o seca) o con otras preparaciones existentes en el mercado.

La fresca es la que quizá dé mejor resultado tanto en sabor como en textura. Pero, claro, hay que pelarlas. Y cuando decimos pelarlas, nos referimos también a esa simpática cutícula tan perfectamente adherida a la castaña. Un escaldado ayuda, pero no hace milagros… vamos que es una verdadera castaña. Podemos utilizar, también, castañas pilongas o desecadas previamente hidratadas. Existen unas castañas precocidas envasadas al vacío que dan excelentes resultados. Lo que no recomendamos son las castañas en almíbar, muy útiles para otras preparaciones pero que no permiten una cocción suficiente para que la leche se impregne de su sabor puesto que se deshacen con mucha facilidad.

Para aromatizar utilizaremos anís en grano o anís estrellado, en algunas recetas se utilizan semillas de hinojo. Se le puede añadir canela, aunque quizá no sea lo más tradicional. También son optativas las peladuras de limón o naranja.

En la ya mencionada receta que probé en la zona de las Vegas del Guadiana se añade un rebanada de pan ligeramente frito machacada en el mortero para “dar cuerpo” a la leche.

La elaboración es sencilla: peladas las castañas frescas o hidratadas las pilongas (al menos 24 horas) las cocemos en leche con azúcar y los aromatizantes antes descritos hasta que estén blandas, casi a punto de deshacerse. La cocción en el caso de las pilongas es mucho más larga y en el caso de las precocidas, con quince o veinte minutos será suficiente.