"¿Qué has puesto para comer?
- ¡Oh! No te apures... El cocidito de siempre."


Tormento. Benito Pérez Galdós
Mostrando entradas con la etiqueta GARBANZOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta GARBANZOS. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de septiembre de 2024

La magia del garbanzo en Valencia del Ventoso

“Parece magia” decía una de las participantes en el Taller de platos fríos elaborados con garbanzos cuando iba “subiendo” la mayonesa elaborada con agua de garbanzos. Pero no había magia en ese vaso de batidora: tan solo una disolución coloidal de proteínas, emulsionando con el aceite: el mismo fenómeno físico-químico que se da cuando hacemos la mayonesa con huevo. La magia, la verdadera magia, es la que se crea cuando se comparte cocina en un buen ambiente, en un pueblo que rebosa cordialidad y, además, con un producto cultivado con esmero. Y así fue el día 31 de agosto en Valencia del Ventoso.

Llegar a donde se cultiva uno de los mejores garbanzos de España y en donde llevan 34 años celebrando el concurso del Día del Garbanzo y dar lecciones de cocina de garbanzos nos parecía algo atrevido, así que nos planteamos solo compartir algunas ideas para incluir los garbanzos en la cocina fría, la cocina más apetecible en los calurosos días del verano.

El garbanzo reina con derecho propio en reconfortantes guisos de cuchara: desde el magnífico cocido en cualquiera de las versiones que florecen a lo largo y ancho de la península hasta los potajes cuaresmales, pasando por otros guisos, algunos de gran raigambre como los callos con garbanzos y otros quizá menos extendidos con mariscos, setas u otras carnes o pescados. Pero más allá de esos venerables pucheros, esta portentosa legumbre puede protagonizar con éxito otros muchos platos, entre ellos, multitud de elaboraciones frías.
Comenzamos nuestras sugerencias con dos cremas untables basadas en el hummus de la cocina arábiga: una añadiendo pimientos asados y otra fusionando lo árabe con lo mejicano y añadiendo una suerte de guacamole. Seguimos con dos sopas frías: un gazpacho en el que el garbanzo tan solo tiene la misión de espesante, sin aportar más que textura y otra, un ajoblanco aromatizado con hierbabuena en el que sustituimos la almendra por garbanzos.

Seguimos con una ensalada con recuerdos italianos: garbanzos aliñados con una vinagreta de anchoa, albahaca, limón y aceite de oliva coronados con unas lascas de buen bonito en aceite, aceitunas negras y ralladura de limón.

La sexta propuesta fue una ensaladilla de salmón marinado y garbanzos (claro) ligada con una salsa tártara hecha con el agua de cocción de los garbanzos en sustitución del huevo.

Finalizamos con un postre: una especie de brownie de garbanzos, unas natillas especiadas espesadas con garbanzos y un merengue de agua de cocción de garbanzos en lugar de clara de huevo.

A estas ideas debemos añadir los dos platos que preparó Ana Salinero en la brillante demostración y degustación que ofreció el Día de Garbanzo: un hummus con remolacha y una ensalada de naranja y bacalao sobre unos garbanzos aliñados con un poco de cebolla y pimentón de La Vera.
En esencia, lo que buscamos es resaltar la gran versatilidad del garbanzo, un ingrediente que invita a experimentar, a lanzarse sin temor a la creación de nuevos platos que nos alejen de la rutina. La cocina es un terreno fértil para la imaginación y el garbanzo puede ser un gran aliado. Una periodista estadounidense, Harriet Van Horne, escribió: “Cocinar es como amar, hay que hacerlo sin miedo o mejor no intentarlo”.

Iniciábamos el artículo hablando de momentos mágicos: y qué decir de esa hilera de candelas, de esos humos cargados de aromas de siempre a leña, a cocido… Es la mañana del Día del Garbanzo.
Desde las primeras horas del día, los cocidos de cada peña comienzan a tomar forma, cocinándose a fuego lento, como manda la tradición. Mientras avanza la mañana, el ambiente bajo la arboleda de la piscina de Valencia del Ventoso se va llenando de alegría y actividad. Las peñas, entre risas y buena compañía, nos reciben con los brazos abiertos, con generosidad nos invitan a compartir de sus mejores viandas.
Este año, en lugar de formar parte de jurado, tuvimos la oportunidad de colaborar en otras tareas, lo que nos permitió disfrutar de una nueva perspectiva: más cerca de las peñas, sintiendo de primera mano su hospitalidad y entusiasmo, su calidez y su buen humor. Si siempre hemos vivido este día como una experiencia gratificante, este año ha sido especialmente entrañable.
Queremos agradecer al Ayuntamiento de Valencia del Ventoso que nos haya dado la oportunidad de formar parte de esta celebración tan especial y que haya confiado en nosotros para aportar un granito de arena a la celebración de este día lleno de tradición, sabor y comunidad. Ha sido un placer colaborar y formar parte de una tradición que sigue creciendo año tras año, reflejando lo mejor de esta tierra.
No queremos finalizar sin mencionar expresamente a María Concepción López, alcaldesa; a Serafín Barroso, primer teniente de alcalde; a María Gallardo, concejala de educación, turismo y patrimonio; a Beatriz Hernández, gestora cultural y a Elena Calderón, agente de empleo y desarrollo rural por su disposición y su confianza a lo largo de estos meses de trabajo.

¡Hasta la próxima edición del Día del Garbanzo, con la ilusión intacta y muchas ganas de volver a experimentar su magia! 






sábado, 18 de noviembre de 2023

Recetas de Garbanzos: un recetario con alma.



Hay muchos tipos de libros de gastronomía: los que nos hablan de historia, de teoría, de cultura gastronómica y los recetarios. Y estos últimos podríamos clasificarlos de mil maneras: innovadores o tradicionales, más o menos didácticos, regionales, temáticos… y se me antoja que hay una categoría especial: los recetarios con alma.

Hoy tengo en mis manos un recetario con alma: Recetas de garbanzos. Elaborado por usuarios del Proyecto Red Social para Mayores que desarrolla Cruz Roja Ac Tentudía-Campiña Sur en la localidad de Valencia del Ventoso. Editado por el Ayuntamiento de Valencia del Ventoso y la Diputación Provincial de Badajoz.

Tiene alma porque recoge cuarenta y dos recetas vivas, cuarenta y dos recetas aportadas por los mayores de Valencia del Ventoso. Recoge el saber popular, recoge lo que se cuece en sus cocinas. Tiene el alma de lo sencillo, de lo auténtico.

Tiene alma porque rebosa ilusión, porque es fruto de un proyecto cuyo objetivo es reducir la soledad de nuestros mayores.

Tiene alma porque es un recetario de garbanzos y nace en Valencia del Ventoso: un pueblo que se siente orgulloso de su producto más representativo que pronto lucirá el marchamo de Indicación Geográfica Protegida.

El día dieciséis de noviembre, a las ocho de la tarde el salón de plenos del Ayuntamiento de Valencia del Ventoso estaba lleno: en su mayoría personas mayores ilusionadas y muchos voluntarios de Cruz Roja. Manuel Parra, Técnico del Área de Mayores de la Asamblea Tentudía - Campiña Sur de Cruz Roja presentó el acto e intervinieron Isabel Sayago, voluntaria de Cruz Roja y alma mater del libro; Maite Sánchez, referente de mayores y Domingo Delgado, presidente, ambos de la Asamblea Tentudía - Campiña Sur de Cruz Roja y cerró el acto María Concepción López, alcaldesa de la localidad.

Fue un acto sencillo, breve, donde se dijo todo lo que se tenía que decir sin adornos superfluos: como en las buenas recetas donde ni sobran ni faltan ingredientes.

Con este libro, muy bien editado, entre las manos solo me surgen palabras de elogio para Isabel por su iniciativa, para los autores por su ánimo y generosidad, para Cruz Roja por su labor y para la corporación municipal de Valencia del Ventoso por apoyar esta iniciativa: ¡enhorabuena por el trabajo bien hecho!

Recorro, ya de regreso a Badajoz, las calles de Valencia del Ventoso. Calles silenciosas de fachadas encaladas que en la anochecida transmiten un encanto y una paz especiales. Como especial y entrañable es el regusto que deja asistir a actos como este. Un sentimiento de gratitud por la hospitalidad que siempre percibo en este pueblo me acompaña mientras me adentro en la oscuridad de la carretera.






viernes, 18 de agosto de 2023

El Día del Garbanzo de Valencia del Ventoso: mucho más que una fiesta.



Tras dos años a causa del nefasto virus y otro por encontrarme ausente de Extremadura, ya añoraba el Día del Garbanzo. La enhiesta torre del castillo de Medina de las Torres nos avisa de que el destino está cerca y la animada y siempre enriquecedora conversación con Juan Pedro Plaza no evita que se mezclen recuerdos y anticipación ante el reencuentro con el ambiente entrañable y los aromas de las ollas de Valencia del Ventoso.

A primeras horas de la mañana, cuando el animado gentío aún no ha llegado a la arboleda de la piscina municipal, ya humean los pucheros sobre las candelas exhalando promesas de contundentes y gustosos cocidos.

En España el cocido es mucho más que una simple receta: es una expresión de la cultura y la identidad de un pueblo. Desde humildes hogares hasta algunos afamados restaurantes, el cocido ha encontrado su lugar en la mesa de todos, sin importar su origen o estatus social. Cada región, cada familia tiene su propia versión, adaptando los ingredientes y la preparación a los productos de la zona, a sus propias tradiciones y gustos. Sin embargo, el elemento esencial que une todas estas variantes no solo es el garbanzo: es el cariño con el que se elabora. Y de ambos, en Valencia del Ventoso van sobrados: de un garbanzo de excepcional calidad y del cariño de su gente, basta ver el mimo con que las peñas vigilan sus pucheros.

A través del tiempo, el cocido ha sobrevivido a las modas culinarias y ha persistido como un clásico atemporal. Ha sido testigo de cambios históricos y ha sido disfrutado por generaciones y generaciones. A medida que el mundo evoluciona, el cocido nos recuerda la importancia de valorar nuestras raíces y mantener viva nuestra herencia gastronómica.

Antaño sustento casi único de miles de familias, el cocido hoy es una manifestación del amor y el cuidado que ponemos en nuestras costumbres culinarias. Y en un caluroso día de agosto, desde hace treinta y tres años, en Valencia del Ventoso el cocido es también un símbolo de la importancia del valor de la tradición, del orgullo por un producto autóctono y un motivo para compartir y disfrutar de la compañía de familias, de amigos y de aquellos que partieron a otras tierras y regresan en vacaciones. Es un homenaje a la tradición culinaria y una muestra de la hospitalidad y calidez de su gente.

Hospitalidad y calidez que sentimos nada más llegar: nos reciben María, su alcaldesa, Serafín, Piedad, Beatriz… Nos sentimos como en casa y agradecidos porque un año más hayan contado con nosotros como jurado del Concurso del Día del Garbanzo. Poco a poco a poco van llegando los demás miembros del Jurado: Fernando Valenzuela de la Cofradía Extremeña de Gastronomía, y los expertos cocineros Pepe Valadés y Domingo Álvarez. Llega también Lorenzo Molina, a quien este año se le reconocen sus méritos en la Diputación de Badajoz como delegado de Desarrollo Rural y Sostenibilidad con el Garbanzo de Oro, galardón que comparte con Antonio Cabezas, que fue Director General de Agricultura de la Junta de Extremadura y quien no pudo asistir a este encuentro. Enhorabuena por tan merecido reconocimiento.

La conversación es animada y fluye entre vapores de cocido y humos de candelas. Dos temas son recurrentes: la grata noticia de la tramitación de la Indicación Geográfica Protegida para el garbanzo de Valencia de Ventoso y la sequía… árboles que luchan a duras penas por su supervivencia, restricciones, ganado sin agua que abrevar, piscinas cerradas, como la propia de Valencia.

A las 11:30 tuvo lugar el acto de inauguración y la entrega del Garbanzo de Oro y a las 13:45 los miembros del jurado comenzamos los trabajos de degustación y deliberación para elegir la peña ganadora entre las doce participantes. 

Nunca es fácil la decisión y siempre son pequeños matices los que inclinan la balanza y, en esta edición nos han parecido especialmente igualados. El resultado ha sido:

1º premio, Peña “El Soplillo”
2º premio, Peña “Hemos Vuelto”
3º premio Peña “Pa que te cuento”

¡Enhorabuena a todos!

Esta fiesta es mucho más que una simple celebración gastronómica:

El Día del Cocido de Valencia del Ventoso es una celebración de la identidad de un pueblo, donde las tradiciones se mantienen vivas y las raíces se fortalecen. Es un día para dar las gracias por lo que nos brinda la tierra y por los lazos que nos unen como comunidad.

El Día del Cocido de Valencia del Ventoso es un canto a la sencillez y a la generosidad de la vida, un recordatorio de que en torno a una mesa compartida se escriben las historias más bellas y los lazos más indestructibles.

martes, 3 de septiembre de 2019

Valencia del Ventoso, Pultafagónides y otras anécdotas e historias garbanciles.



Pultafagónides, así, tan sonoro, casi malsonante era el nombre de un personaje esperpéntico y bobalicón, esclavo cartaginés por más señas, que comía garbanzos hasta reventar en las comedias de Plauto.

Allí, en Valencia del Ventoso el 11 de agosto, subido en aquella tarima compartiendo la cata de diecinueve cocidos con los demás compañeros de Jurado del XXXI Día del Garbanzo, no pude evitar acordarme del personaje de Plauto. No por considerarnos esperpénticos ni bobalicones, ni mucho menos esclavizados y si así fuese, bendita esclavitud la que nos obligó a degustar aquellos cocidos, sino por la curiosidad del devenir histórico del consumo del garbanzo: de alimento grotesco, plebeyo y despreciado a ocupar las mesas de más alta alcurnia y protagonizar fiestas y concursos.

Dicho esto, pido disculpas por si algún compañero del Jurado ha entendido que nos comparaba con el tal Pultafagónides… aunque, reconozcámoslo, puede que en algún momento sí se nos pusiese cara de bobo ante tanto plato delicioso, porque como escribe José Esteban en su Breviario del cocido, «Solamente hay dos clases de cocidos: los buenos y los mejores.» y diferenciar los unos de los otros, en Valencia del Ventoso no es tarea fácil.


Se atribuye también a Tito Livio la frase despectiva: «Los hispanos comen garbanzos a todas horas.» Aunque algunos autores eliminan el carácter despectivo e indican que el historiador romano tan solo pretendía plasmar la observación de que los hispanos, por influencia de los cartagineses, eran habituales consumidores de garbanzos e incluso recomendaba su consumo para las tropas por su energía.

En el imperio romano se consumían garbanzos y se preocupaban por su cultivo, así lo atestiguan numerosas citas de Columela, Plinio o Casiano Baso, entre otros. Sin embargo era considerado un alimento grotesco y de clases inferiores, no sabemos si por relacionarlo con los cartagineses, a los que se tenía bastante tirria en Roma, o por su carácter flatulento. Los romanos, al igual que los griegos, eran bastante pesados con la cuestión de las ventosidades originadas por las legumbres como ya hemos referido en un artículo anterior sobre las habas. Menos mal que aún no había llegado de América la judía. Aunque no todos los romanos pensaban igual: Petronio, que por su refinamiento se le consideraba el árbitro de la elegancia, en un banquete en el que una fuente representaba los signos del zodiaco, sobre el signo de Aries sirvió garbanzos.

Lo cierto es que Hispania siguió, afortunadamente, comiendo garbanzos mientras que en otras cocinas europeas nuestro querido cicer apenas tiene representación o incluso es despreciado. No deja de sorprenderme que los franceses, de indudable buen comer, hayan despreciado el garbanzo y, sin embargo, cuenten entre sus platos excelsas preparaciones de judía como el fabuloso cassoulet. Aunque veremos más adelante que más de uno acabó sucumbiendo a sus encantos.

Corrieron buenos tiempos en España para la cocina del garbanzo desde la Baja Edad Media, una vez superada la diversidad de pareceres de los romanos, hasta los tiempos de la Ilustración. La cocina judía nos dejaba la adafina, que acabó “cristianizándose”, es decir, admitiendo el cerdo entre sus presas, y la olla podrida (sobre la que no nos extendemos pues ya le dedicamos un prolijo artículo) era manjar propio de las cocinas cortesanas y otras mesas pudientes y era nombrada en las obras de buena parte de los literatos del Siglo de Oro.

A Felipe II le salieron sus cuatro esposas aficionadas al puchero de garbanzos, aunque cada una con sus caprichines: a María Manuela de Portugal le gustaba con una albóndiga de carne, pan y especias que debía parecerse al actual relleno del cocido madrileño o a la pilota de la escudella; María Tudor lo prefería con gallina y manos de cerdo; Isabel de Valois salió comodona y pedía que se lo llevasen a la cama y Ana de Austria comía cocido tres veces al día.

Sobre cuál de ellas, adafina u olla podrida, era la antecesora de nuestro cocido hay división de opiniones, aunque lo más probable es que los múltiples cocidos, maragato, madrileño, lebaniego, gallego, olla aranesa, escudella… tantos como regiones, incluso más, sean ramas de un mismo tronco: un puchero, garbanzos y aquello que la temporada, la zona y la bolsa hicieran posible. Porque como escribió el periodista y gastrónomo Dionisio Pérez en su Guía del buen comer español «este plato sabe estrecharse o ampliarse según la grandeza o humildad de cada casa».

Los tratados de Utrech y Rastadt pusieron fin a la Guerra de Sucesión y supusieron el fin del reinado de los Austrias y el inicio de la dinastía borbónica en España, mas la paz militar y política ocasionó otra contienda menos conocida: la que se libró en las mesas y cocinas reales, pues Felipe V llegaba con gustos franceses que no hicieron tilín en la corte Española. El Duque de Saint-Simon en sus memorias relata el banquete nupcial de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya en 1701: «Al llegar a Figueras el obispo diocesano los casó de nuevo con poca ceremonia y poco después se sentaron a la mesa para cenar, servidos por la Princesa de Ursinos y las damas de palacio, la mitad de los alimentos a la española, la mitad a la francesa. Esta mezcla disgustó a estas damas y a varios señores españoles con los que se habían conjurado para señalarlo de manera llamativa. En efecto, fue escandaloso. Con un pretexto u otro, por el peso o el calor de los platos, o por la poca habilidad con que eran presentados a las damas, ningún plato francés pudo llegar a la mesa y todos fueron derramados, al contrario que los alimentos españoles que fueron todos servidos sin percances. La afectación y el aire malhumorado, por no decir más, de las damas de palacio eran demasiado visibles para pasar desapercibidos. El rey y la reina tuvieron la sabiduría de no darse por enterados, y la Señora de Ursinos, muy asombrada, no dijo ni una palabra. Después de una larga y desagradable cena, el rey y la reina se retiraron».

Con Felipe V se impusieron los gustos franceses en la corte de la mano de los cocineros P. Benoist y P. Chatelain. Su sucesor Fernando VI, también confió los fogones a cocineros franceses: Mateo Hervé y J.B. Blancard. A pesar de todo el garbanzo no perdió protagonismo y se sirvió olla podrida los domingos, al menos durante la década de 1720. Carlos III continuó confiando sus cocinas a franceses: Antoine Catalán y Jean Tremouillet y en esta época cuenta la tradición que llegaban a la corte garbanzos de Valencia del Ventoso.

Pero poco tenía que ver lo que se cocía en las reales cocinas con lo que hervía en los pucheros del pueblo llano, aunque las mesas de cierta alcurnia fueron adoptando los gustos afrancesados. Townsend, uno de los muchos viajeros europeos que recorrieron España, considerada un destino exótico y apasionante, describe: «Comen temprano y, según la costumbre española, comen la olla con la sopa y diferentes especies de carnes cocidas en pequeños pucheros de barro; pero en las mesas del presidente [de la Chancillería] y del arzobispo han adoptado la cocina francesa».

Muchos de estos viajeros acostumbrados a cocinas muy diferentes a la española echaban pestes de la abundancia de garbanzos, del gusto intenso del aceite de oliva y de la abundancia de ajo. Sobre este último particular no hace falta remontarse tanto tiempo atrás si tenemos en cuenta el parecer de Victoria Beckham, aunque permítame el lector que dude sobre el criterio gastronómico de la susodicha.


Sin embargo, algunos de estos viajeros llegaron a enmendarse y a entrar en razón: Alejandro Dumas, que además de excelente y prolífico escritor era un consumado gourmet, fue uno de los mayores y despectivos detractores del consumo ibérico del garbanzo. Escribió en sus crónicas de viajes por España: «…Después venía el puchero, plato esencialmente español: en realidad, en su calidad de alimento nacional, forma más o menos por sí solo toda la cena española. ¡Qué desgracia para usted si no le gusta el puchero! Familiarícese pues, poco a poco, con este plato y permítame que, para facilitarle el trabajo, le diga de qué se compone. Se compone de un cuarto de vaca –en España, el buey, por lo que a la alimentación respecta, me parece que es totalmente desconocido–, un trozo de cordero, una gallina y trozos de un salchichón que llaman chorizo; todo ello acompañado de tocino, jamón, tomates, azafrán y col. Como puede verse, es una macedonia de cosas bastante buenas tomadas individualmente, pero cuya reunión me parece poco afortunada, hasta el punto de que no he conseguido acostumbrarme. Intente hacerlo mejor que yo, porque si no le gusta el puchero, se verá obligada a conformarse con los garbanzos. Los garbanzos son guisantes del tamaño de una bala de calibre veintidós. Creo que es lo mismo que los antiguos llamaban “pois chiche”. Cicerón, de elocuente memoria, llevaba uno en la punta de la nariz a modo de muestra. No sé qué efecto produciría el garbanzo en la punta de la nariz de Cicerón, pero sé el que produce en mi estómago, que no está nada acostumbrado a esa legumbre. Acostúmbrese, pues, a los garbanzos, tal como se habrá acostumbrado al puchero. Es fácil: debe comer el primer día uno, el segundo dos, el tercero tres, y, tomando estas precauciones, es probable que sobreviva a ellos».

Mucho evolucionó D. Alejandro, tanto que años después plasmó: «…¿Han probado ustedes carne de buey o de pollo hecha en una olla vieja? ¡No! Pues bien, pruébenla como yo la he comido en España y cambiarán de opinión… La olla podrida es una inmensa marmita, colocada sobre el fuego del que jamás se aparta, y en la que se echan todas las carnes que entran en la casa y especialmente las más gelatinosas; manos de ternera, de cerdo, de cordero, morros y orejas del cerdo, además de tocino y gallina, todo bien sazonado que, con ajos, cebollas y garbanzos, hacen la olla podrida… Se produce, como bien se puede comprender, un guiso sabroso, espeso y excelente… Todo tipo de carne que se cuece en ese caldo gana más sabor del que puede perder, pues a la par que se empapa de los aromas de los demás ingredientes, aporta los suyos propios. El secreto consiste en dejar la carne en la olla solo el tiempo necesario para su cocción, de forma que no pierda ninguna de sus cualidades».

A pesar de la escasa afición francesa por los garbanzos, Dumas no fue el único en reconocer sus virtudes: Teophile Gautier en su Tras los montes o Voyage en Espagne escribe: «Después de la sopa, sirvieron el cocido, plato típicamente español, o mejor dicho, único plato español, pues es el que se come todos los días desde Irún hasta Cádiz y viceversa. Está compuesto de un gran trozo de vaca otro de carnero, pedazos de chorizo, algo de jamón, pimienta, salsa, de tomate y azafrán. Esto en cuanto se refiere a los elementos animales. Los vegetales, que llaman verdura, varían según la época del año; pero los garbanzos son siempre la base de esta comida. El garbanzo apenas se conoce en París. Podemos definirlo diciendo que es una especie de guisante que aspira a ser habichuela, y que felizmente lo consigue. Cada una de estas cosas se sirve en fuentes distintas, pero luego se mezcla todo el plato, componiendo un manjar homogéneo y exquisito. Tal comida, parecerá un tanto elemental a los gourmets que leen a Careme, Brillat Savarin, Grinod de la Reyniere y de Cussy pero no puede negarse que tiene su encanto y que a los eclécticos y a los panteístas satisface plenamente».

En la novela que quizá mejor haya retratado la sociedad de la época, La Regenta, Clarín pone en boca de Visitación, mujer de clase media, aunque le pese y cotilla como pocas: «La de Páez no come garbanzos-decía Visita-porque eso no es romántico» refiriéndose a Olvido Páez de acaudalada familia y pija donde las haya, eso sí bastante amargada por no tener novio pese a su enorme fortuna. Interprétese en esta cita el término romántico no en sentido estricto sino como lo cuqui, lo pijo o lo divino de la muerte.


Así de revuelta estaba la cuestión del garbanzo en los siglos XVIII y XIX en nuestra querida España: la alta sociedad afrancesaba sus cocinas y renunciaba a la olla podrida y al cocido; viajeros europeos furibundos detractores del garbanzo acababan convirtiéndose en adoradores del puchero hispano y el pueblo llano y no tan llano comía cocido a diario o casi, más o menos ilustrado con más o menos viandas según los posibles de cada casa, más por necesidad que por afición.

Por aquellos tiempos, aún no existía una clara diferenciación de los cocidos que se cocinaban en España. Mariano Pardo de Figueroa, conocido como el Doctor Thebusem, gastrónomo del siglo XIX, afirmaba «El propio cocido, que parece ser el lazo de Union constitucional entre los antiguos reinos carece aún de una forma concreta que obligue a todos».

El propio Dr. Thebusem alarmado por la pérdida de protagonismo de nuestro puchero de garbanzos, sea cocido u olla podrida, en las mesas reales expresa en su correspondencia con un cocinero de la corte, recogida en La mesa moderna - Cartas sobre el comedor y la cocina cambiadas entre el Dr. Thebussem y un cocinero de S.M., cuya lectura recomiendo encarecidamente: «… La otra novedad es la presentación de la OLLA PODRIDA en la mesa del Rey. Jamás he visto faltar en los festines ingleses el roat-beef, en los alemanes el sauer-kraut, en los italianos la polenta, en los rusos el caviar, etc., etc. Poco importa que el famoso plato que servía de alimento a Don Quijote de la Mancha se levante ileso de los manteles, poco importa que sean declaradas más agradables las modernas confecciones de la delicada cocina francesa. El manjar nacional de España, agradable por demás a los paladares acostumbrados a usarlo, higiénico y alimentoso por excelencia, y que sirve hoy de mantenimiento a más de quince millones de españoles, debe en rigor de justicia exhibirse y tener cabida en los banquetes del primer magistrado de la nación. Y aún suponiendo que la olla, ya la podrida, ya la de más vaca que carnero, llegase a desaparecer de todas las cocinas del reino, aún en este caso entiendo que debía continuar en la del Monarca de Castilla como símbolo y recuerdo de las edades pasadas, pues símbolos y recuerdos son también los cuarteles de Sicilia o de Borgoña en el blasón de la península, los maceros y timbales de varias corporaciones y otras respetables antiguallas que sería facilísimo enumerar. En la olla podrida, que ciertamente se acomoda a una galana presentación en el banquete, me ha parecido ver siempre la alegoría y recuerdos de varios pueblos o territorios de España. El garbanzo de Castilla, las legumbres de Aranjuez, el carnero de Valencia, la vaca de Navarra, la gallina de la Mancha, la chacina de Extremadura y el jamón de Aracena representan a la vez casi todas las zonas y latitudes de la península ibérica…»

No sabemos si fue por influencia de aquella misiva o por otra iniciativa, pero lo cierto es que en el menú ofrecido al Príncipe de Gales en abril de 1876 se incluyeron el “cocido a la española” y la “ropa vieja castellana” y dicen algunas crónicas que el cocido fue muy alabado por su Alteza Real.


Y el cocido acabó también por entrar en la alta restauración: en 1839, el francés Eugenio Huguenin (Después adoptaría el apellido Lhardy) inauguró en Madrid Lhardy, el primer establecimiento hostelero al estilo de los restaurantes franceses, muy diferente a las fondas y casas de comidas que se estilaban hasta la fecha en España. Su carta, como podemos suponer, se basaba en la alta cocina francesa. Pronto Lhardy se convirtió en sitio obligado de la flor y nata de la sociedad madrileña. A partir de la década de 1860, el restaurante dirigido ya por Agustín, hijo de Eugenio, introdujo en su carta el cocido, que se mantiene en la actualidad y que recomiendo encarecidamente, no solo por el propio guiso si no por la experiencia de sumergirse en esos salones, que se mantienen tal cual eran en sus inicios, y dejar volar la imaginación… por aquellos salones han pasado Galdós, Isabel II, Cánovas, Sagasta, Manolete, Azorín, Alcalá Zamora, Suárez, Fraga… tertulias, intrigas. Mucho se ha cocido en los salones de Lhardy, tanto o más que en sus cocinas.

Los productos locales y los usos y costumbres fueron diferenciando de forma natural unos cocidos de otros, así en el cocido gallego sobresalen aromas de ahumados propios de la curación de la chacina en zonas húmedas, en la olla aranesa aparecen los fideos gruesos y los sabores suaves de la butifarra… y en cada zona se fue consolidando un modo de preparar el cocido más o menos diferenciado. Algunos cocidos adquirieron renombre, el madrileño, el maragato, y otros quedaron más olvidados. Olvidados en los escritos gastronómicos, que no en los hogares en los que siguió siendo principal sustento.

El primer, o por lo menos el más difundido en su época, intento de ordenar una cocina regional española fue la Guía del buen comer español escrita por Dionisio Pérez y publicada por el Patronato Nacional de Turismo en 1929. Se trata de una obra con un más que discutible rigor científico y con un marcado acento nacionalista y francófobo y que ha supuesto el origen de más de un mito de nuestra gastronomía, pero eso es asunto que abordaremos en otros artículos. La cuestión es que pese a sus errores, es una obra de capital importancia en el estudio de las cocinas regionales españolas por ser la que sienta las bases del “regionalismo culinario” español con sus aciertos y con sus arbitrariedades. Sobre el fundamento histórico de una verdadera cocina regional española habría mucho que hablar, pero eso es harina de otro costal o letras de otro artículo.

Lo cierto es que el buen Dionisio Pérez, en el capítulo destinado a la cocina extremeña no menciona ningún cocido, no sabemos si porque lo que encontró no lo consideró suficientemente diferenciado de otros cocidos o porque… su paso por Extremadura, si lo hubo, fue en cuaresma que es cuando se comía potaje en lugar de cocido o solo visitó casas de muy alta condición porque en aquellos tiempos el cocido con más o menos avíos era sustento casi diario de la mayoría de la población.

Ante la discusión de las diferencias del cocido extremeño con el de otras regiones nos encontramos con las mismas dificultades que existen para definir una cocina regional. Es una cuestión de cierta enjundia que escapa al alcance de este artículo y que prefiero dejar para otros escritos. Al igual que la fórmula exacta de un cocido extremeño es también difícil de determinar: si nos remontásemos al puchero consumido mayoritariamente a diario durante muchas décadas, siglos quizá, hablaríamos de garbanzos, unos huesos, tocino, a lo mejor morcilla y lo que cayese en suerte, según las posibilidades y la temporada. Igualmente se apreciarían diferencias según las comarcas y, por qué no, según el gusto de cada casa.

Pero algo hay que no tiene discusión: el cocido merece un lugar preeminente allá dónde se hable de cocina extremeña por haber sido el principal protagonista de las mesas extremeñas durante siglos, por su importancia social, por la calidad de las materias primas que nuestra región le aporta, independientemente de sus mayores o menores diferencias respecto al que se guise en otras regiones. Y porque en los vapores de un cocido viajan atrapados los recuerdos y los anhelos de varias generaciones de extremeños.

Y esto lo tienen muy claro en Valencia del Ventoso: treinta y un años organizando el Día del Garbanzo y desde hace ocho, la Feria Gastronómica.

Un garbanzo de extraordinaria calidad, chacinas de la tierra y el afán y el cariño de las peñas convierten la arboleda de la piscina de Valencia del Ventoso en una festiva amalgama de aromas entrañables.

Trabaja Valencia del Ventoso en la consecución del reconocimiento de su Día del Garbanzo como Fiesta de Interés Turístico Regional y estoy convencido de que más pronto que tarde lo logrará. El entusiasmo y la hospitalidad del pueblo y la calidad del garbanzo lo merecen con creces; al cocido, por justicia, se le debe.

No podemos finalizar este artículo sin felicitar a la Cofradía Extremeña de Gastronomía por el merecido galardón del Garbanzo de Oro que su presidente, Matías Macías Amado, recogió en el acto inaugural del Día del Garbanzo.

No nos queda más que dar nuestra más sincera enhorabuena por el trabajo bien hecho a María Concepción López , alcaldesa que ha tomado el testigo de Lorenzo Suárez, y a todo su equipo municipal y agradecerles su hospitalidad y que un  año más hayan contando con nosotros para compartir ese gran día de sabores y emociones. ¡Mucho éxito!


«…
El garbanzo nivela
en justa condición pueblos y reyes,
y allá donde se cuela 
ejerce audaz tutela
sobre el común de las humanas greyes. 


Y en fin, pues más no quiero 
revolver del garbanzo los anales, 
dígame el pueblo entero; 
¿qué pícaro puchero
no le debe atenciones generales?»


Vicente Álvarez Miranda 

Oda a los garbanzos. 
Álbum de Momo. Madrid 1847.












domingo, 2 de septiembre de 2018

Sabores y saberes. Pucheros de garbanzos que exhalan emociones en Valencia del Ventoso

A la sombra de la frondosa arboleda que circunda la piscina de Valencia del Ventoso los humos de leña de encina y los vapores que emanan de los calderos se me antojan preñados de emociones.

Desde todos los pueblos de Extremadura, y desde algunas ciudades también, da igual del norte o del sur, de poniente o de levante, de sierra o de campiña, muchos partieron y todos tuvieron cabida en Hospitalet, Leganés, Rentería, Móstoles, Getxo, Lasarte, Alcorcón, Badalona o Sabadell o donde quiera que la necesidad, la incertidumbre, los anhelos o las inquietudes les llevaron. Y allí subieron a los andamios y pusieron ladrillos, ensamblaron en cadenas de montaje, fregaron suelos y escaleras, aporrearon máquinas de escribir en oficinas, descargaron mercancías, estudiaron, condujeron
transportes, sirvieron miríadas de cañas y cafés, de todo hicieron. Unos crearon hogares; otros volvieron. Unos triunfaron, muchos consiguieron mantenerse a flote y pocos fracasaron. Se deslomaban casi todos y retornaban cada tarde a sus hogares soportando un presente duro en busca de un futuro mejor mientras trasegaban añoranzas y esperaban el ansiado mes de agosto. El mes del reencuentro con la familia, con la tierra, con la sombra de la higuera que cobijó las travesuras de la niñez y con los sabores de la infancia.

Los aromas que exhalan los calderos le recuerdan al tío Pepín el cacho de pan que la abuela Sabina le mojaba en el caldo del cocido, nos cuenta emocionado Lorenzo, el alcalde de Valencia del Ventoso. Porque el Día del Garbanzo es mucho más que una fiesta, mucho más que un concurso. Y, aunque la fecha coincide con la época en la que antaño solían probarse los garbanzos de la nueva cosecha, lo cierto es que se celebra en agosto, sobre todo, porque es cuando vuelven los que partieron, el anhelado mes del reencuentro.

Andoni Luis Aduriz, chef y creador del restaurante Mugaritz afirma: “Creo en el sexto sabor: el de las historias. Sin eso, cualquier plato, por rico que sea, es intrascendente...” Los cocidos que degustamos el 12 de agosto en Valencia sabían a historias. A historias, sabores y saberes, a memorias, aromas y maestría.
Sabores y saberes que vienen saltando de generación en generación. Natalia Burrero, de la Peña "Las Operarias", fue la cocinera más joven; Juliana Jara, de la Peña "Los Guisos", la más veterana. José Luis Pérez fue el responsable de los pucheros de la Peña "El Arao", que obtuvo el tercer premio y Bernardo Diosdado estuvo al cargo de los de la Peña "Hogar Dulce Hogar”, que fue segunda. Escolástica Fernández llevó a la Peña "El Trócolo" al primer premio y María José Gómez regentaba la cocina de la Peña “Durana” que obtuvo el premio a la mejor decorada y ambientada. Mujeres y hombres, jóvenes y no tan jóvenes: no hay distinciones en el Día del Garbanzo.

En este día de concurso en el que presumo que es más importante compartir que competir, se perpetúa y se ensalza la tradición del cocido. Plato, que en palabras del profesor Juan Cruz, “... Son comidas que pudieran llamarse fundamentales, sin enga­ños; compuestas de elementos de primera calidad, honradamente combinados. Combinaciones hijas de viejísimas prácticas, a las que la antigüedad ha dado rara perfección en el condimento y en el punto.”
En este día se premia al cocinero o cocinera más veterano y al más joven. El Garbanzo de Oro el año pasado, en su primera edición, premió la veteranía y la maestría de Felisa Zamorano; en esta ocasión se premia la entrega, la profesionalidad y la bonhomía de un cocinero joven: Leo Carvajal. En las peñas laboran y se divierten jóvenes y mayores, algunos niños juegan entre los pucheros mientras sus párvulos sentidos se impregnan de aromas de cocido: pasarán las gentes, ley de vida; la tecnología nos traerá quién sabe qué, pero el aroma de unos garbanzos sabiamente combinados permanecerá invariable perpetuando esos sabores y saberes de siempre.
Deambulando entre pucheros, aromas deliciosos y gentes alegres y hospitalarias, reflexiono sobre estas ideas de reencuentro y tradición, pero pasa la mañana y se acerca la hora del trabajo del jurado... Y allá vamos,Felisa Zamorano, Matías Macías y Fernando Valenzuela de la Cofradía Extremeña de Gastronomía, Juan Pedro Plaza de la Asociación de Periodistas y Escritores de Turismo, Pepe Valadés de la Asociación de Cocineros y Reposteros de Extremadura, Leo Carvajal, flamante Garbanzo de Oro 2018 y el que suscribe estas líneas.
Y al llegar al décimo octavo y último cocido me acuerdo, más que nunca, de José Esteban y su Breviario del cocido, en el que afirma: “solamente hay dos clases de cocidos: los buenos y los mejores”. ¡Qué gratos sabores y qué difícil nos lo ponéis, valencianos!

Complicada decisión, son pequeños matices los que inclinan la balanza y una idea unánime: todos son grandes cocidos.

Se entregan los premios y queda participar de la fiesta, departir en animada charla con unos y con otros. Nos habla Lorenzo Suárez, alcalde de Valencia, de los esfuerzos para lograr la declaración de Fiesta de Interés Turístico. No conocemos en profundidad los criterios que la Administración aplica para otorgar la declaración de Fiesta de Interés Turístico, pero de algo estamos seguros: esta fiesta merece estar entre las más destacadas celebraciones que ensalzan gastronomía, tradición y producto.
No sería justo terminar estas líneas sin mencionar a quienes hacen posible la Feria Gastronómica del Garbanzo. Tampoco lo olvida Lorenzo y en su conversación siempre hay palabras de elogio para el equipo que está detrás de la fiesta, para la labor callada, abnegada y entusiasta de muchas personas que logran que esta fiesta goce de una perfecta organización.

Muchas gracias, Lorenzo; muchas gracias, valencianos por vuestra hospitalidad y por acordaros de este humilde blog en vuestra gran fiesta del garbanzo.

P.D.: Agradezco a María Dueñas y a su novela “Las hijas del capitán” la inspiración de un párrafo que quizá algunos lectores reconozcan.






sábado, 3 de marzo de 2018

Un potaje de cuaresma para un reto amistoso

“Hace bastante frío, Jaime: ¿Qué te parece si cocinamos un plato rico, rico de verdad?” me dice Juan Carlos Alonso en Facebook. Hace ahora un año que me invitó a versionar con productos extremeños su receta de patatas con mejillones y chorizo. Tomo su mensaje como un reto amistoso y, con este bienvenido tiempo lluvioso, íntimo, de chimenea, las ideas me llevan a las cocciones lentas, guisos, potajes, caldos, recetas entrañables y cálidas.

Aún recuerdo los sabores de la propuesta de Juan Carlos: mejillones de Galicia, pimentón de La Vera, chorizo, gallego el suyo, extremeño el que pusimos nosotros, patatas, sabroso caldo… Y con este punto de partida, cercana la gastronomía de Cuaresma, los campos agradeciendo en verde las anheladas lluvias, una idea comienza a tomar forma. Un intento de conjugar en una olla las tierras de los ancestros, la tradición, el mar, el campo…

De Galicia, los mejillones.

De Extremadura, el pimentón de la Vera; los ajos, de Aceuchal y los garbanzos, de Valencia del Ventoso.

De la época, el potaje de Cuaresma.

De los campos de más de medio mundo, las ortigas. (A estas y otras hierbas, ya dedicamos un artículo en este blog: Una despensa natural: color, sabor y hierbajos)

Y, el que avisa no es traidor: unos guantes… Recuérdese que la ortiga es urticante. Y aunque he preferido no experimentarlo, recolectar todas las ortigas necesarias para el guiso sin protección, además de hacernos maldecir en todos los idiomas conocidos, no nos pondrá en peligro pero a buen seguro nos hará correr a una farmacia a buscar una pomada de corticoides.
Lavamos las ortigas y seleccionamos los brotes y hojas más tiernas, desechamos los tallos, que pueden resultar fibrosos. Damos un rápido escaldado y así alejamos el peligro, pues el calor inactiva las células urticantes. Escurrimos y reservamos.

Abrimos los mejillones al vapor y sacamos los cuerpos de las conchas y reservamos. Colamos y guardamos el agua de cocción.

Sofreímos cebolla y un poco de pimiento rojo (opcional) cortados en brunoise. Preparamos un majado con una rebanada de pan frito, ajo y pimentón. Cuando el sofrito esté bien rendido, añadimos el majado y damos una vuelta con cuidado para que no se queme el pimentón.

Cocemos los garbanzos (que doce horas antes habremos puesto a remojo) con el sofrito, una hoja de laurel y el caldo de cocción de los mejillones. Si éste no es suficiente líquido podemos completar con agua o con algún fumet de pescado u otro caldo de mejillones que tengamos en el congelador. Cada uno elegirá el método de cocción que prefiera: desde la olla exprés a la cazuela tradicional o la olla lenta. Desde que la descubrí, cocino casi todas las legumbres en olla lenta durante toda la noche( probablemente se obtengan los resultados más parecidos a las lentas cocciones antiguas).

Al final de la cocción, una media hora antes de apartarlos del fuego, añadiremos las ortigas y, poco antes de servir, los mejillones.

Solo queda disfrutarlo en buena compañía y un vino que no la desmerezca, si extremeño, un Alunado Chardonnay de Pago de los Balancines; si gallego, un Orange Republic, Godello sobre lías de casa Rojo. Un tinto ligero tampoco es desdeñable.